LA AMISTAD EN ARISTÓTELES
I
En la filosofía clásica la distinción entre la inteligencia y la
voluntad se toma de la distinta intencionalidad de sus actos. La
intencionalidad de los actos intelectuales es por semejanza, mientras
que la de los actos voluntarios apunta a lo otro. Según la semejanza se
conoce la verdad, y según la alteridad se tiende al bien.
Los bienes se dividen en medios y fines. No es inconveniente admitir que
los medios son cosas, por más que sea preferible decir que son obras
producidas por la acción, que es un acto voluntario. Queda por
determinar qué se entiende por bienes finales. A mi juicio, el bien que
tienen razón de fin es la persona; por lo pronto, las personas humanas.
Por eso no tiene nada de extraño que la ética aristotélica conceda
especial atención a la virtud de la amistad. Platón se ocupa de la
amistad en el diálogo Lisis, y desarrolla su teoría del amor en el Banquete. En el Lisis,
Sócrates dice que la amistad descansa en el amor y se regula por la
virtud. El amor de amistad debe ser recíproco, por lo que lleva consigo
correlación de libertades: hay que velar por el bien del amigo. Expondré
a continuación el sentido ético de la amistad y la relacionaré con el
amor cristiano.
Aristóteles dedica los libros VIII y IX de la Ética a Nicómaco al estudio de la amistad (philia — al menos una vez habla de ágape — ). Afirma, desde el principio, que se trata de una virtud o que va acompañada de virtud, y estima que es lo más necesario (anakaiotaton)
para la vida. Sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera los demás
bienes, porque la prosperidad no sirve de nada si se está privado de la
posibilidad de hacer el bien, la cual se ejercita, sobre todo, respecto
de los amigos. Asimismo, en los infortunios se considera a los amigos
como único refugio. Resumo los pasajes en que Aristóteles precisa estas
dimensiones de la amistad:
“La presencia de los amigos en la buena fortuna lleva a pasar el tiempo
agradablemente y a tener conciencia de que los amigos gozan con nuestro
bien. Por eso debemos invitarlos a nuestras alegrías porque es noble
hacer bien a otros, y rehuir invitarlos a participar en nuestros
infortunios, pues los males se deben compartir lo menos posible. Con
todo, debemos llamarlos a nuestro lado cuando han de sernos de ayuda, y
recíprocamente está bien acudir de buena voluntad a los que pasan alguna
adversidad aunque no nos llamen, porque es propio del amigo hacer bien,
sobre todo a los que lo necesitan y no lo han pedido, lo cual es para
ambos más virtuoso. De todos modos, no es noble estar ansioso de recibir
favores, por más que igualmente hemos de evitar ser displicentes por
rechazarlos”.
“Los amigos se necesitan en la prosperidad y en el infortunio, puesto
que el desgraciado necesita bienhechores, y el afortunado personas a
quienes hacer bien. Es absurdo hacer al hombre dichoso solitario, porque
nadie querría poseer todas las cosas a condición de estar sólo. Por
tanto, el hombre feliz necesita amigos”.
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